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Christophe Palomar (Italia): "All'ombra della piramide"

En el marco de un sábado cualquiera, a solas con él mismo, un jubilado romano cualquiera “se siente de repente habitado por el presente, por el cuerpo otra vez suyo”; y entonces emerge del pozo de décadas de tranquilas renuncias y vuelve a ser - quizá solo mientras dure la ilusión de una noche - el rebelde que fue en los tiempos de su juventud.

Salvo que ahora - por lo menos así le parece a Adriano, que tal vez, sin haber sido nunca completamente consciente de ello, una revolución la ha vivido de verdad, e incluso, en cierto sentido, por esa misma revolución ha sido absorbido y convertido en cómplice: justo ahí, en la primera línea alienante de aquella trinchera que ha sido para él la ventanilla de la oficina de correos - el sentido, la dirección de la rebelión non pueden ser los mismos que antes: si en las décadas después de la guerra rebelarse significaba rehacer un mundo a partir de principios e ideales nuevos, hoy, mirando precisamente desde este mundo en apariencia nuevo, sucede que “hasta el futuro parece haber transcurrido como una estrella fugaz”. Y es así como lo que ahora más bien urge es bogar contra la amnesia, contra la ideología (pseudo-)progresista dominante que asume como obvia e indiscutible la ecuación entre cambio y progreso.


Se ci fosse un bambino in casa, parlerebbe del passato, di come stavano le cose quando lui era giovane. Direbbe che la sua è stata la generazione dei grandi rifiuti. La generazione delle idee, dei cortei e dei proiettili. Una generazione in bilico fra l’età dei destini collettivi e l’era dell’individualismo sfrenato. E la prima (ma allora non lo sapeva nessuno) a negare il futuro alle altre generazioni: quelle precedenti ovviamente, ma nche quelle successive.

El Adriano de Christophe Palomar, que desde luego es el retrato íntimo de un hombre que nace, vive y muere envuelto en el horizonte angosto (y sin embargo precisamente por esta razón auténtico: “la única riqueza del mundo es el hogar”) de un barrio suspendido entre pasado y presente, se convierte así en el emblema mismo del hombre contemporáneo; de aquel hombre, por lo menos, que de vez en cuando llega a sospechar de haber sido traicionado y vencido por un progreso que prometía alcanzar el bien-ser y que, al contrario, terminó manifestando toda su incomprensible y tecnocratica impersonalidad - un progreso que parecería no saber ir más allá de un bien-estar destinado a arrojar (nuevamente) el hombre en su propia insignificancia: ahora bien, es ante esta insignificancia que Adriano se rebela. El flujo de los recuerdos, que el autor retrata con una delicadeza partícipe y sobria, disuelve la biografía particular de Adriano en las inquietudes que acompañan el ocaso de toda una generación: aquella “de los grandes rechazos”, “de las ideas, de los desfiles y de los proyectiles”; aquella que vivió “en vilo entre la edad de los destinos colectivos y la era del individualismo desenfrenado”.

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